El último adiós a Marcelo Manzatto.
La triste y amarga madrugada del domingo 8 de diciembre se nos fue Marcelo Manzatto.
Todos los que tuvimos la fortuna de conocerlo perdimos una versión de él, otros varias, y algunos todas.
La del periodista, tan fiel y arraigado a sus convicciones, soldado raso de los derechos humanos, comenzando desde tan pequeño en el golpe del ’76 hasta llegar al Juicio a las Juntas aquel 22 de abril de 1985, firme al pie de los escalones, entre la multitud que esperaba el veredicto en la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Criminal y Correccional Federal de la Ciudad de Buenos Aires. Atravesando los infortunios que este país tuvo que afrontar, beneficiando a tan pocos y perjudicando a tantos otros con recesiones, procesos inflacionarios y tantas otras cosas a las que los argentinos estamos tan acostumbrados.
Llegó a encontrarse con su esposa Patricia Tizziani, con quien, este jueves, habría cumplido 30 años. Decidieron importar el talento periodístico y humanitario de Marcelo al corazón de la Cuña Boscosa, donde impartieron y demostraron lo que había sucedido no solo a nivel país, sino también a nivel provincial, con los ciclos de Memoria Activa y tantas investigaciones dignas del talento de tan dichosos periodistas. Ella, quien hoy, y lo agradecemos de corazón, es altamente reconocida por sus colegas y no colegas.
Marcelo fue un periodista de trayectoria intachable, atento a los detalles, presente en tantos ámbitos injustos para hacerlos un poquito más justos, involucrándose como si fueran suyos, con la malasangre a flor de piel para que todo fuera un cachito mejor. De una trayectoria tan extensa que nada tiene que envidiar a figuras nacionales, que hasta seguramente no le lleguen ni a los talones. Director de radio, director de dos revistas periodísticas, conductor, cronista, investigador: todas las facetas periodísticas habidas y por haber fueron transitadas por semejante profesional, junto a su esposa, compañera y colega.
La del hincha de Banfield, que atravesó el ascenso de punta a punta, con idas y vueltas a Primera División, que pudo ver a su Banfield tan amado jugar copas y hasta verlo campeón. Marcelo envenenó con la misma pasión a su hijo, que hoy le toca gritar solo y abrazar la memoria de Marcelo, quien dejó esa herencia pasional que escapa de explicaciones lógicas.
La del hermano e hijo, que tanto vivió en su Asunción 5390 querido en Villa Devoto, aprovisionado de anécdotas lindas y no tan lindas, enriquecidas de experiencias que impartió con nostalgia y anhelo de una época de antaño donde todo parecía ir despacio, incesante, con tintes dulces y amargos. Un tiempo coloreado en un lienzo que hoy es parte de un museo de grandeza y dedicación por su familia tan querida, amplia y “tanamente” apabullante. El tiempo y la distancia pueden haber enfriado algo, pero no sus recuerdos ni el amor que sentía por todos, más allá de sus limitaciones a la hora de expresarlo. El amor por Ítalo y Martha, por sus hermanos, existió, existe y existirá siempre.
La del esposo y compañero, que con su particular forma de ser no le impidió estar la mitad de su vida tapando los baches que la misma te da, disfrutando las alegrías que también te regala, con quien se eligieron mutuamente para compartirlo. ¿Bien? ¿Mal? Quién lo sabe. No se puede juzgar el pasado con la sabiduría del presente. Pero sí se puede apreciar el fruto de un matrimonio que tanto luchó por todo: bienestar, progreso, justicia, amor, trabajo, historia, y un sinfín de batallas que hoy son un legado inquebrantable, resultado de un trabajo bien hecho.
La de suegro, que si bien sé qué Camila pudo disfrutar poco tiempo, supo quererlo y pudo ver con sus propios ojos cuan apasionado y avasallante puede ser cuando le tocan a uno de los suyos.
La de papá, que con su carácter, experiencia, dedicación y amor logró dejar una descendencia orgullosa de la persona que fue, todo gracias al modelo y rol que Marcelo desempeñó durante 29 años. Se van a asegurar de que su memoria y su reputación sean dignas del ser humano que él fue. Porque su memoria sirve como un ejemplo. Porque su vida tiene sentido, ya que nosotros, los que quedamos, nos rehusamos a olvidarlo. Debemos seguir empujando la vida por su honor, por su legado, por lo que significa. Es nuestro deber, mi deber.
Hay tantas versiones que hoy extrañamos con profundo dolor, pero con la certeza de que vivió una vida tan plena que será recordada con mucho, mucho amor.
Creemos fehacientemente que él, junto a Ítalo y Martha, nos guía por el sendero de la verdad y de lo justo, como él así lo profesó en su periodismo querido. Una persona justa y recta en un mundo tan injusto, chueco, rizado, amargo y ventajoso, que tanta malasangre le hizo pasar. Es evidente que el cielo necesitaba un periodista y, si bien Dios sabe envidiar la pasión, también reconoce al mejor. El Barba no supo aguantar las ganas y se apuró. Quería ya lo mejor de acá y se lo llevó.
Va a ser un proceso largo y difícil, pero de a poco vamos a transformar el dolor en recuerdos hermosos y los vamos a atesorar con el mismo amor con el que él los generó. Vamos a continuar su legado con pasión y esfuerzo.
FM Activa Vera va a continuar y paulatinamente nos iremos acomodando. No con la calidad, rigurosidad y talento que Marcelo Manzatto tenía, pero sí con las mismas ganas.
Muchas gracias a todos por los mensajes de apoyo y los saludos.
Papucho querido, te vamos a extrañar todos los días.
